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martes, 5 de noviembre de 2013

LAS COSAS QUE REALMENTE IMPORTAN...POR ISABEL PÉREZ BURRULL


Hay cosas de las que uno nunca se olvida. Y otras, como los olores, que permanecen somnolientos en la memoria, y duermen hasta el momento en el que vuelves a percibirlos. Chile huele a leña en invierno. Y a cilantro el resto del año. Londres siempre me recordaba al olor del zumo de manzana. Nada es igual cuando un buen amigo te despide con un "hasta que nos volvamos a oler". Las cosas que realmente importan, en ocasiones, se ven mermadas por grandes objetivos. Por deseos del futuro y nostalgias del ayer. Éstas últimas, en definitiva y por lógica, cada día que pasa, están más lejos. He jugado a terapias en bicicleta, a fotografiar los muros de Santiago de Chile a través de sus palabras, a elegir una de decenas de cervezas diferentes (bendita herencia alemana en este recóndito lugar del mundo), a buscar en el transcurso de una conversación, torpe y acelerada, sinónimos al verbo coger. Y todo me lleva siempre a lo mismo: Santiago no huele a mar. Por eso me gusta asomarme al Pacífico de vez en cuando. Dos horas por la Panamericana y sus peajes son un chiste cuando el océano se hace tan grande y gris ante mis ojos. Es entonces cuando hago las paces con este país. Ya no me siento fuera de lugar. Llegué hace más de un año y las pequeñas cosas han construido colores y olores que me hacen entornar un poco los ojos y sonreír disimuladamente. Las eses y las zetas ya no son un desafío mientras que aprendí que retar era reñir y los tacos son tacones y garabatos. Ya coloco el po tras una frase que pretendo enfatizar, disfruto los días después de una tormenta, encontrándome la cordillera allá donde mire y el nudo se aprieta en mi garganta cuando pienso en ese momento en el que por fin me encuentre viendo el Cantábrico a través de una galería verde. Creo que uno nunca ha de pasar ajeno ante algo que te sorprenda, e incluso, debe ponerse de puntillas para ver si se acerca. Siempre atenta, a un nuevo olor, una buena conversación, un desconocido por conocer. Pero sin perder de vista los besos de buenos días a los que ya hace años me acostumbré y una canción de Extremoduro mientras pedaleo. Eso es lo que realmente importa y hace más pequeña la distancia que hay entre los dos hemisferios, donde día a día, trato de tener un pie en cada uno de ellos, para no olvidar, pero también, para no perder detalle de las nuevas pequeñas cosas.

ISABEL PÉREZ BURRULL 

domingo, 23 de junio de 2013

LAS COSAS QUE REALMENTE IMPORTAN... POR JAVIER MARINA



  Como J, yo también vengo de miles de kilómetros, siguiendo la huella de mi viejo, quien hizo el camino inverso hace más de setenta años. Como J, intento aferrarme con talante a los pequeños detalles que te permiten alegrar tus días. Como J y otros, he buscado un camino de oportunidades, pero la vida y supongo mi carácter, ha preferido mostrarme otro sendero, donde valorar las pequeñas cosas te hacen sentir grande.

  Por los caprichos de la vida, no supe lo que es dar todo por un hijo. Pero sí supe lo que es dar todo por tus padres, aún dejando la comodidad de tu país y el entorno que te protege, para acudir al rescate de mis viejos. Perdí los contactos, dejé de usar corbata y acudir a reuniones, no manejé más presupuestos de cuatro o cinco ceros, pasé de que me llamaran señor a que me digan chaval o pibe, pero a cambio, me encontré con otro J, que en este caso es de Javier, que me permitió comprobar que fui capaz de cambiar rotundamente mi destino, pero que once años después pude ver a mis padres nuevamente estabilizados y proyectando. Y todo eso lo logramos entre mis padres, mi esposa y yo, sin ningún reproche, despejando rápidamente las dudas si lo que hacía era lo correcto y sin dudarlo, aunque sin dudar no signifique sin tener miedo.

  Al principio busqué en vano recuperar al Javier de Buenos Aires. Desde el día que aterricé en Barajas fui otro, ni mejor ni peor, otro. Y eso me llevó un tiempo aceptarlo. Aún hoy, suelo buscar a ese Javier en las calles de Pletnzia o de Bilbao. Y me di cuenta que cuando viene algún amigo a visitarme, lo recupero en el mismo momento de abrazarlo. Vuelven las sonrisas cómplices, regresa tu sobrenombre, vuelves a contar una anécdota sin contarla, a que tu interlocutor haya vivido contigo casi todo lo que uno llama recuerdos. El primero que se fue, luego de unos días, me vió llorando desconsoladamente. Quizás ese llanto me permitió asumir que aquel J no estaba perdido, permanecía en las pequeñas cosas que mi entorno suele recordar en Buenos Aires, cuando hablan de mí en las reuniones de amigos.

  Conocí mucha gente, conocí tantas maneras de asumir la vida. Pedí ayuda y di varias manos. Escuché cantos de vida. Hoy escucho a gente que no tiene casi nada, pero tienen algo que es indispensable. La capacidad de confiar en uno y en agradecer una vez terminada la charla. Ayer mismo, viernes, conversé con una persona de Senegal, que acudía a mí en busca de un lugar donde dormir. No lo pude ayudar, sólo le permití vislumbrar una cama por los siguientes tres días. Me preguntó por dos cuestiones básicas más y tampoco le pude ayudar. Me dio tanta pena que le dije lo siento, no pude solucionar ni una sola de tus demandas. El hombre me dijo: “al menos me has atendido y escuchado”, me agradeció y se marchó con las mismas incertidumbres con las que había llegado.

  Cuando me invaden las dudas, cuando mi camino no se abre, trato de no bajar los brazos, siempre encuentro algo que me permite abrigar nuevas esperanzas. Siempre que recibo una mano u oído amigo, siento que la vida te da miles de regalos. Esa esencia creo que siempre la tuve, pero ahora el día a día me dio la oportunidad de valorarlo. Por eso, como J, siempre sueño con la próxima comida con mis viejos, el siguiente asado con mis amigos, con ir con mi carnet de socio que todavía pago a ver un partido de River Plate, y con imaginar que algún día regresaré a Buenos Aires. Mientras tanto, trato de caminar por Bilbao con un libro bajo el brazo y no perder la oportunidad de decirle a la gente que se aferre a las pequeñas cosas, porque las supuestas grandes metas son las que te nublan tu paso por la gran vía.


Javier Marina

viernes, 14 de junio de 2013

LAS COSAS QUE REALMENTE IMPORTAN...POR ALBERTO DE QUINTANA

Me pilláis en horas bajas ya que la espalda quiere recordarme a cada momento que soy humano y no lo hace de una manera placentera...

Pero vamos a hablar de cosas importantes.

 La vida está llena de retos, de situaciones, de coincidencias, de casualidades y, a veces, sólo damos importancia a lo que, en nuestro fuero interno, calificamos de "aprovechable" para nuestros fines.

 Somos capaces de entrever una oportunidad al estrechar la mano de esa persona que nos puede ofrecer una vida profesional más completa, y somos incapaces de ofrecer una sonrisa a esa anciana con la que siempre nos cruzamos al salir de casa y que ya nos mira como si fuésemos conocidos de toda la vida. Para la persona que te estrecha la mano, eres uno más. Para la anciana esa sonrisa supondría un regalo inesperado, agradable.Y son esas pequeñas cosas las que nos pueden llenar de felicidad. La vida nos trata bien o mal. Los recursos para ser feliz son nuestros y todos los tenemos.


 Las grandes metas son eso... metas. Y ahí es dónde está la diferencia entre quién las considera prioritarias en sus resultados o entre los que disfrutan de cada instante del recorrido para llegar a ellas. Si la meta es llegar a Zaragoza, siempre será mejor ir disfrutando por el camino de los paisajes de Álava y La Rioja.


Esas pequeñas cositas, sin importancia aparente, son los frutos que nos regala una vida que pasa rápido a nuestro lado y que nunca se detiene. Almacenar sonrisas, caricias, regalos inesperados, situaciones agradables, gestos, pequeños logros, miradas... ahí está la esencia de una felicidad que hay quién quiere construir de golpe. Es disfrutar de cada ladrillo. Y, sobre todo, es disfrutar de todo a lo largo de una vida que, recordemos, termina en la meta... a la que se llega sin posibilidad de retorno. ¿No es mejor llevar el caudal de esas pequeñas cosas y haber sido feliz que llegar con las ansias de grandes logros, realizados o no, y con solo eso?


Hoy he disfrutado con la compañía de mi "pulguita"... (ella sabe quién es) y he sido feliz. Mientras, sigo escribiendo en busca del Nobel de Literatura, meta a la que nunca llegaré, pero que me proporciona ratos como el de esta tarde que me han hecho feliz... y eso, no me lo quita nadie.

 Un beso, amigas.

 Alberto de Quintana 

arbol de la vida